Inle, el espejo del alma en Myanmar

Llegar al lago Inle en autobús fue la cosa más fácil en cuanto a transporte se refiere en Myanmar, por lo menos para nosotros; nuestras amigas españolas se quedaron en el camino para hacer un trekking de dos dias desde el poblado de Kalew y una de ellas estaba enferma del estómago así que el autobús no le pareció un camino de rosas. Al final la pobre se bajó para hacer su camino hacia Inle, esperemos que le haya ido muy bien.

La incidencia de extranjeros enfermos gastrointestinales es ridículamente alta y la verdad sea dicha, ves como cocinan, cortan fruta, se lavan… básicamente ¡como viven! y te queda clarísimo que no debes acercarte el agua que ponen gratis en todos los templos y en la calle en contenedores de barro bajo la sombra de los árboles a tu boca (por muy fresca que se vea), en cuanto a la comida, hay que buscar donde comerla y la fruta mejor comprarla con cáscara. En nuestro viaje escuchamos y conocimos seguramente a uno de cada cuatro viajeros enfermos, por suerte y nuestra nutrida flora intestinal fuimos de la otra parte que no se enfermó (nuevamente nuestro barrio nos respalda).

Llegamos a Inle a las seis de la mañana y todos los que nos rodeaban nos preguntaban acerca de nuestro hotel para llevarnos diciendo que estaba “very far”, como estábamos comenzando a medir el “very far” de Myanmar nos aventuramos a caminar. Unos veinte minutos después habíamos llegado a nuestro destino, Google maps we love you.

Nuestro hostal era todo lo que podíamos necesitar, cuarto solos, baño compartido pero libre y bicicletas gratis.

¿Bicicletas? Sí. A mi esposa le encanta probar mis límites.

Esa entrada al lago se ve cerca de aquí.

Así comenzó nuestra aventura en lago Inle, pedaleando en una carretera donde cerraba mis ojos cada vez que escuchaba una bocina (claxon) en mi espalda, porque, por más que lo diga en voz alta, no es lo mismo pedalear en una isla en Tailandia, o en Cozumel o en la zona arqueológica de Bagan que en estas calles reales. Mi cabeza iba muy concentrada en el camino, y en cada sonido de autobús mis brazos se tensaban para sostener el manubrio de mi bici… después de un hora llegamos a lo que parecía ser la entrada del lago.

Mine thauk Village

Un lugareño nos detuvo y nos dijo que ésta era la entrada al lago, dejamos las bicis al lado y mis temblorosas piernas comenzaron a funcionar de nuevo. Comenzamos a caminar en una especie de muelle y una chica se nos acercó a ofrecernos visitar su aldea en una balsa personal por 5000 kyats que Sandy bajó a 4000 pero acabamos dándole el precio completo por su excesiva amabilidad (algo como 70 pesos mexicanos) que fueron nuestro primer gran acercamiento al Lago.

Debido a la altura del lago, los pescadores y lugareños han adaptado una curiosa manera de remar con los pies, dejando libres sus manos para pescar o hacer lo que les salga de la mano izquierda, por supuesto es impresionante verlos usar sus balsas de esta manera.

Este paseo nos adentro a un pequeño pueblo que no esperaba que lo visitáramos, esta parte de Inle aún no está tan saturada de turismo, así que vimos a la villa en sus actividades normales, incluso nuestra empoderada “rentadora” se detuvo a comprar sus verduras a una vendedora ambulante.

Esta parte de nuestro viaje en Myanmar es la que me resultó más auténtica, nuestra “guía” jamás intento que nosotros no pareciéramos viajeros, pero jamás dejo de ser lugareña, el reflejo del lago en sus ojos fue como el alma de Myanmar, que está consciente de los cambios pero se resiste a cambiar su vida diaria.

Nos enseñó la facilidad con la que las flores de loto crecen en este lago y le regaló a Sandy tres, esas flores me hicieron pensar en mi amigo Buda y como su enseñanza se va interpretando depende el país que visites, de acuerdo a la necesidad de la gente. Todo depende que tanto el gobierno necesite que Buda sea tu Dios o tu guía espiritual.

Mientras tanto el lago que no es capaz de mentirte nos regaló una hora del espejo de nuestras almas, sin la obligación de verlas, pero recordándonos que estaban ahí, y en ese momento el lago era su dueño.

Nuestro viaje por este pueblito me recordó demasiado las orillas de Xochimilco, la gente aquí también creo un sistema de siembra muy parecido a las chinampas donde el tomate los convierte en una fuerza agrícola de la zona. Este lugar es demasiado familiar.

Al finalizar nuestro viaje nos despedimos deseándole una bendición o como toda la gente en la calle te saluda “Mingalaba“.

Mi peculiar ensoñación en el viaje me dejó listo para el camino de vuelta en bici, algo así como: “si no pienso en ello seguramente no me caigo y seguramente no me atropellan”, de alguna manera funcionó y llegamos a nuestra base logística, el pequeño pueblo de Nyaungshwe, donde un generoso atardecer birmano nos despidió el día, afortunadamente nuestro hotel estaba cerca y los precios de la comida son realmente accesibles.

Inle y su gente

Leí en un blog que el viaje a lago Inle es absolutamente prescindible, pero como les he dicho antes, cada cabeza es un mundo y cada quien vive su viaje de un modo distinto, hasta ahora estaba encantado con el lugar, a diferencia de lo que decía el blog, nosotros nos encontramos con un pueblo real y muy pocos extranjeros, tal vez por la época.

Aquí la mala narración, para contrastar.

https://apeadero.es/2016/10/lago-inle-la-gran-decepcion/

La gente en Nyaungshwe era la más auténtica de todo nuestro viaje en Myanmar, casi nadie intentaba venderte nada, y los locales eran dueños de su propia tierra, a simple vista parece que se administran y rigen sus precios. Simplemente genial.

Al siguiente día tomamos el viaje en lancha motora por lago Inle.

Una aventura en el cielo reflejado en el lago.

Una motocicleta llegó por nosotros a las 8 de la mañana y nos pidió seguirla en bici, en este momento agradecí el entrenamiento que llevaba en este viaje, los días de bici en Cuemanco y hasta las clases de spinning para no caerme y poder seguirle el paso en medio de las motos y coches. De nuevo, esta es mi visión, seguramente si le preguntan a Sandy dirá que fue un viaje cualquiera, para mí fue toda una aventura llegar hasta nuestra lancha.

La narración del lago en estado simplista se reduce a ver un mercado, a los pescadores sosteniéndose en equilibrio (algunos de ellos dejando de lado su oficio por actividades más histriónicas aptas para el turista lonelyplanetero) y remando con un pie, (puedes decidir que te posen fingiendo pesca o seguir tu camino en busca de pescadores reales) y a paradas mercantiles donde los lancheros te llevan con comerciantes que quieren vender sus productos y te enseñan como los hacen dándoles una comisión por sus compras.

Tienes varias alternativas: puedes, como muchos blogueros recomiendan, pedir a lancheros “no shopping” y no ver lo que vende la gente local, puedes sufrir las paradas y sentir que perdiste el tiempo en este lugar, puedes comprar cosas y llevártelas del otro lado del mundo y por supuesto, puedes aprender de la gente.

Nosotros tomamos la última, ya estábamos aquí, no tenemos el ímpetu de comprar, pero siempre de aprender.

Ahora sabemos que la flor de loto tiene una delgada fibra a partir de la cuál se pueden tener prendas de vestir y que por supuesto son carísimas.

Nos detuvimos a ver como se hacen cigarros de cualquier cosa literalmente, en este país adicto al betel, nos ofrecieron fumar sus ingeniosas mezclas, pero creo que sigo con síndrome de abstinencia así que preferimos no hacerlo.

Las paradas comerciales no me bajaron los ánimos porque el paisaje era sublime, el reflejo del sol en el agua turbia hacia que este lugar pareciera sagrado, una especie de espejo de esta terrible realidad que vivimos pero purificada por el agua del lago. Levantaba la mirada y veía manos trabajadoras, sonrisas sinceras, hombres pescando, mujeres remando, gente viviendo.

Gente viviendo

El agua salpicando en mi cara por momentos me hacía volver de mis ensoñaciones, podría estar días pensando en todo y nada mirando los reflejos del lago Inle, parece que no hay mucho que contar, pero el problema es que no soy tan versado como debería para expresarles este viaje sobre el lago que me inspiraba a pensar en la extinta Tenochtitlan.

Después de unas horas y de que el lanchero nos preguntara a donde queríamos ir como si no supiera donde llevarnos, nos dirigimos a un templo budista donde lo sagrado del lago esta vez no me dejó apreciar la casa de este Buda sin forma por tantos papeles dorados, yo solo quería volver a la lancha y seguir viendo el agua, estaba seguro de que Myanmar ya no tenía nada más que ofrecerme y se quería despedir de mi con este reflejo invitándome a mirarme en él.

Como siempre en Myanmar, estaba equivocado, cuando el lanchero se detuvo en Indein y tuvimos la oportunidad de mirar otro complejo se pagodas. Sí, a pies desnudos, sí, con mucho calor, pero eran tan impresionantes que esta vez no importó.

¡Qué increíble país puede tener tantas maravillas ocultas en cualquier esquina!

La visita a Indein nos dejó perplejos, en realidad ya no esperábamos ver nada más interesante cuando llegamos a otra que parecía una parada comercial, solo que esta vez estaba protagonizada por dos mujeres padaung que tenían y vendían su artesanía.

Esta etnia llamada kayah es originaria de Mongolia y ha ido migrando al sur, los últimos asentamientos se encuentran cerca del lago Inle, en este lugar la gente que habla inglés asegura que las mujeres se encuentran por su propio gusto y que viven felices de ver extranjeros, aunque sinceramente sus ojos digan otra cosa. Su cuello está adornado por un enorme collar que legendariamente sirve para protegerlas de tigres que hace muchos años ya no las acechan, otras teorías más estudiadas aseguran que su tribu encuentra atractivo y símbolo de riqueza estos arreglos.

Encontré un artículo grandioso aquí por si quieres aprender más.

http://www.elmundo.es/larevista/num111/textos/jirafa1.html

El camino de vuelta nos dejó sin palabras, no habia sonidos en mi cabeza, excepto por el motor de la lancha, un sonido que se fue haciendo agradable hasta convertirse en algo que parecía un mantra; de esos que aprendimos a escuchar atentos en este viaje para concentrarnos en lo importante de la vida, y aquí, justamente lo importante estaba enfrente de nosotros, solo había que prestar atención.

Vimos búfalos bañándose en el lago, niños jugando en el agua, mujeres amamantando a sus hijos sin prejuicios,hombres lavando sus motos, mujeres lavando su ropa, caravanas de monjes recitando mantras en micrófonos, puentes de madera desafiando la gravedad, y no, nada de esto estaba diseñado para turistas.

No encuentro una mejor manera de despedir la narración de Myanmar que con lo que vivimos en Inle, aqui, al final miré el espejo y mi alma me dijo que debía continuar viajando.

Gracias Myanmar

Chris.

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